dilluns, 14 de desembre de 2009

Alérgicos que casi se 'mueren de frío'


"Hace frío y pica mucho". Además de las molestias propias de la estación invernal –escalofríos, piel de gallina o dolor de huesos–, a Óscar y Alicia les salen habones y se les enrojece la piel. Sufren una reacción alérgica a los estímulos fríos; o, lo que es lo mismo, padecen urticaria 'a frigore'. Les afectan los cambios de temperatura, como al salir a la calle; el contacto con la nieve... Su organismo interpreta el frío como un agente patógeno y reacciona contra él. El picor y la vasodilatación son sus principales acciones defensivas. Por eso, cuando la exposición al estímulo gélido es muy prolongada, como al bañarse durante varios minutos en el agua de una piscina descubierta o en el mar, la alergia puede llegar a causarles un síncope.

Este tipo de urticaria física, que es poco frecuente, afecta sobre todo a las manos y la cara, que son las que sufren una mayor exposición durante el día a día. Por este motivo, en el armario de Alicia, una salmantina de 27 años que padece este trastorno desde que tenía 13, nunca pueden faltar ni los guantes ni las bufandas ni las orejeras. Algo similar ocurre en el de Óscar que, a sus 33 años, sigue muy pendiente del efecto que puede tener sobre él, por ejemplo, hacer deporte en invierno sin abrigarse lo suficiente. Ambos llevan mucho tiempo poniendo en marcha todo un arsenal preventivo que no evita la posibilidad de sufrir un ataque de alergia pero que, si éste aparece, lo hará de una forma menos severa.

"El médico me dijo que evitara el frío a toda costa porque podía llegar un momento en el que mi corazón no aguantara más". Esta advertencia le llegó a Alicia cuando tenía 15 años, después de haber sufrido un episodio veraniego bastante alarmante. "Estaba bañándome en el mar Cantábrico y empecé a encontrarme mal, sentía mucho calor por dentro y casi no podía moverme. Mis padres tuvieron que sacarme del agua, estaba llena de habones y medio desmayada. Me llevaron en brazos hasta el apartamento", explica. Por entonces, ella ya sabía que era alérgica al frío pero su dermatólogo no le había aconsejado evitarlo. "Llevaba un año y medio tomando antihistamínicos y no me habían servido para nada [...] Creo que no sabían como tratarlo".

Su caso es bastante paradigmático. La urticaria 'a frigore' se caracteriza por el enrojecimiento de la piel o la aparición de ronchas pero no siempre se queda en eso. También pueden aparecer mareos, dolor de cabeza, diarrea o incluso desvanecimientos. Y ocasionalmente, si el cuadro es muy severo, el 'shock' puede ser la única manifestación. "Cuando la afectación ocurre en las zonas más profundas de la piel, se produce un edema de la dermis. En el tejido celular subcutáneo aparece un angioedema que, a veces, puede suponer un compromiso vital (anafilaxia) si afecta a las vías respiratorias".

Por tanto, dependiendo de cada persona y del tipo de exposición, las reacciones alérgicas pueden ser más o menos extremas; aunque lo más frecuente es que se queden en el picor y las erupciones cutáneas. Esto último es lo que le sucede a Óscar, que se dio cuenta de su alergia un verano cuando salió de un río en el que había estado bañándose. "Era adolescente y creía que tenía la piel roja y arañada por haber estado haciendo el bruto con los amigos en el agua".

Distintos tipos
El mecanismo reactivo de estas urticarias idiopáticas se centra en la activación de unas células de la piel, los mastocitos, que liberan mediadores que cumplen diferentes funciones en el organismo. Uno de ellos, la histamina, provoca picor al actuar a nivel neuronal y enrojecimiento cuando interviene en la vasodilatación. Fluye más la sangre y, por ello, aumenta el calor. Los habones aparecen cuando se concentra mucha histamina en una misma zona; la vasodilatación es tan potente que la piel se eleva.

Las urticarias secundarias y las familiares son los otros dos tipos. En las primeras, la alergia aparece asociada a otras enfermedades primarias, como una mononucleosis o una hepatitis, por ejemplo. En estos pacientes, se han detectado crioaglutininas en la sangre, unos anticuerpos que precipitan o se acumulan con el frío y, como consecuencia, liberan mediadores. Éstos son los responsables de los habones y del prurito.

Por su parte, las hereditarias se suelen detectar en varios miembros de una familia y se asocian a enfermedades autoinflamatorias que cursan con trastornos reumatológicos. Ademas, se ha demostrado una alteración genética en el metabolismo de las criopirinas –unas proteínas– asociado con la enfermedad. Éstas son las más raras de las urticarias a frigore y no responden al tratamiento con medicamentos antihistamínicos.

Cómo se identifica
Para saber si una persona padece este tipo de alergia, la primera prueba consiste en aplicar un hielo en el antebrazo, durante cinco minutos, y ver si aparece un habón. "Es impresionante. Cuando me lo hicieron, me salió un ronchón de la misma forma y tamaño que el cubito que me pusieron sobre la piel", afirma la paciente. Si este test diera negativo, pero las sospechas siguieran presentes, se recurre a sumergir el brazo en agua fría.

A la hora de diagnosticar esta alergia, además de realizar estos estudios hay que demostar la importancia de descartar otras enfermedades asociadas y de las que la urticaria podría ser un indicador, más que un desencadenante. No se debe confundir este trastorno con lo que sucede normalmente en temperaturas bajas: En la nieve las extremidades se ponen blancas, por la vasocompresión. Al entrar en un sitio cerrado, se vuelve rojo, por la vasodilatación.



Sea porque ahora se protegen mejor del frío, o porque con el paso de los años la intensidad de la alergia se ha reducido, lo cierto es que tanto Alicia como Óscar se han acostumbrado a vivir con este problema, que cada vez interfiere menos en su ritmo de vida. Ella se ha mudado a Londres, donde el clima no es precisamente cálido, y él se atreve ahora a desplazarse por Madrid en moto. "Intento abrigarme mucho y voy a comprar una manta para protegerme más", sentencia.